Poemas. Paranoias. Relatos y Organización

QUÉ GRACIOSOS

Qué difícil que es escribirte madre, cojones.

Si supieras lo que me cuesta concatenar dos palabras…

Te tengo dos poemas a medias (uno en la papelera de reciclaje) y un cuento, joía…pero no sé terminarlos, no creo que valgan...no sé...no me gustan, no fluyen, no me siento orgulloso de ellos…

Hoy me he dado cuenta que es porque contigo puedo hablar de cualquier cosa, que no necesito escribirlo, que no es ese el sistema de comunicación que tengo contigo, que me gusta escucharte, que churreteemos juntos, que te suelte la primera subnormalidad que se me ocurra y que me contestes con la naturalidad sabiéndonos hacer reír el uno al otro.

Gracias siempre. Por todo...y por las croquetas.

 

 

QUÉ GRACIOSOS

“Están pá verlos, qué graciosos, nene. Mira que ritmillo tienen. Ole, ole y ole”.

 

Yo no sabía a qué se refería mi abuela cuando decía eso pero se le veía orgullosa. Ea, allí estábamos los tres, ella agitando las llaves que siempre llevaba en la mano, mi hermana con el pelo rizado como espirales eternas que llevaban a un cerebro que solo pensaba en su chupete y en los Teletubbies y yo aburrido pensando en mis amigos y en quién habría ganado el partido del día.

 

Estábamos los tres tal y como lo había planeado mi madre, sentados en unas sillas de la quinta fila en el pabellón del colegio donde ella daba clase viendo bailar a mi hermano y a sus compañeros, unos niños de cuatro años que intentaban mantener la coordinación psicomotora y el equilibrio ante el reto que suponía bailar aquel éxito mundial que fue “La Macarena”. La inventora de todo, como siempre, había sido mi madre, esa mujer que siempre trataba de hacer un buen trabajo.

 

Era finales de febrero y, además ese año coincidiendo con el carnaval, en Andalucía celebramos el día regional con mucho coraje, patriotismo y rituales. Mi madre en aquel entonces era la maestra del colegio del pueblo y tenía que hacer otro año más algún acto para la celebración de tal día, lo que le suponía más trabajo del que ya de por sí tenía como mujer, como madre y como maestra..

 

Mi padre, por temas sindicales, no pudo asistir y yo tuve que ser el fiel acompañante de la abuela mientras mi madre organizaba su presentación y puesta en escena.

 

Mi cabeza, la verdad, no estaba ni ahí, estaba en mi mundo, aunque la abuela no paraba de ponerme cada vez más nervioso con el tintineo incesante de las llaves y mi hermana, vestida con un traje de gitana blanco con lunares verdes homenajeando la bandera, masticando aceitunas con la boca abierta y escupiéndome los huesos. Aquellos niños eran ridículos para mi, todo un hombrecito de doce años y, aunque sabía que tenía que hacer las fotos que mi madre me había encargado hacer, en mis adentros solo cabían los acordes de los pasodobles de “Los Yesterdays”, la chirigota que había ganado el concurso de carnaval de ese año que echaban por la tele y que me tenía cautivado por sus mensajes jocosos, reivindicativos y transgresores.

 

Los niños iban todos iguales vestidos, cual ejército comunista en busca de iglesias en las que pecar.  Ellos, con pantalón azul corto, casi todos jeans, polo rojo metido con insistencia dentro del pantalón del niño por parte de las maestras parvulistas, pañuelo blanco al cuello, dando el aspecto de ser la antítesis del disfraz, no tanto en la velocidad e impulsividad de esos arriesgados atletas que corren delante de los toros en San Fermín como por la vestimenta, concluyendo el atuendo del tipo con calcetines rojos y deportivas blancas. Las niñas, mucho más coquetas que los descuidados varones, gozaban de la alegría de la falda roja conjuntada con la camiseta blanca lisa y dos coletas traseras a ambos lados hechas con un desparpajo casi gaditano y con el histrionismo a flor de piel.

 

Mi madre llevaba varios años intentando plantear otro concepto de enseñanza en el pueblo y demostrar que los niños podían aprender divirtiéndose y construyendo ellos mismos el aprendizaje desde edades tempranas y que no era necesaria la autocomplaciente ceremonia de todos los años a las que asistían familiares, el director del colegio y representantes del ayuntamiento.

 

Quería aprovechar la repetición de secuencias en el proceso de aprendizaje del baile para poder trabajar con otros conceptos que pudieran relacionarse o no con el hecho motor de la danza. Trabajaba con la memoria ya que los niños aprendían la letra, con la producción del lenguaje al cantarla, con la atención y con la concentración durante toda la secuencia, con la orientación espacial y la psicomotricidad focalizada hacia la reciprocidad, hacia el conjunto. El gran mérito constituía que la mayoría de los niños estaban diagnosticados con trastorno de déficit atencional e hiperactividad, pero no todos.

 

Mi hermano no debía estar allí bailando porque no estaba registrado en el colegio ni había sido diagnosticado por ningún psiquiatra. Era un año menor a la edad establecida, pero era la única manera que mi madre tenía de poder dejarlo con alguien mientras ella trabajaba para traer dinero a casa… aunque esa manera fuera con ella misma. También había otro niño que se salía de la media de edad y con el que mi hermano compartía circunstancias vitales. Tenía cinco años y lo llamaban igual que a mi hermano Félix, el niño feliz, aunque su nombre era más largo y mucho más feo. Otra cosa que tenía en común con mi hermano es que era hijo de alguien que trabajaba en el colegio, en este caso, el hijo del bedel del colegio. La cualidad que más destacaba que tenían en común era la risa alegre, vasta, inconfundible. Sin embargo, había una gran diferencia entre ambos. El hijo del bedel tenía retraso mental.

 

El bedel era el tonto del pueblo, aquel que no sabe limitar y realizar sus expectativas con asiento y con talento. El gilipollas en cuestión había hablado con mi madre para que fuera ella la que lo tuviera, pero él no aportaba nada de su parte y, además, no se portó como debía. La verdad es que siempre lo recordé como un gilipollas. Mi madre pasaba de él, ella siempre veía venir a los gilipollas desde bien lejos. Pero yo no lo había visto y ese día, sin acritud, decidí que esa persona humana era gilipollas.

 

Después de terminar las actuaciones de los nenes, de que mi hermana me hiciera un hematoma de tanto tirarme los huesos de aceitunas y de que la abuela rompiera el llavero de tanto meneo, escuché una risa inconfundible y vi como el bedel golpeaba con odio y frustración a partes iguales a...

Comentarios

Esto es la continuación del "diario de un niño tonto" de Antonio Lara. Yo que tu haría la segunda parte ya que tienes un humor muy parecido Leetelo es muy bueno y además el tío era de Jaén también.

Esto es la continuación del "diario de un niño tonto" de Antonio Lara. Yo que tu haría la segunda parte ya que tienes un humor muy parecido Leetelo es muy bueno y además el tío era de Jaén también.

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